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Rubén Darío: “La canción de los pinos”

Bosque de pinos (Italia).

Rubén Darío en Mallorca

El poeta Rubén Darío escribió el poema La canción de los pinos dentro de su libro El canto errante, de 1907, en uno de sus viajes a Mallorca. Como cuenta Carlos Hamilton en un artículo publicado en la revista Cuadernos hispanoamericanos, titulado Rubén Darío en la isla de oro (1967):

En enero de 1907, el poeta regresa a Palma de Mallorca, a los avejentados cuarenta años de su vida neurasténica, en busca de paz y de salud. Visita entonces la cueva del místico mallorquín Ramón Lull; recuerda los tristes amores del pobre tísico inmortal Chopin con George Sand, en la isla; vive en un chalet rodeado de pinos, en donde escribe «La canción de los pinos», uno de sus poemas más bellos; y prepara su libro “El canto errante”, mientras baña sus ojos y su neurastenia en el limpio azul mediterráneo. El mismo año vuelve a París, hace un viaje triunfal a Nicaragua y regresa a Madrid como embajador de su patria. Pronto dejan de llegar a tiempo los sueldos para sostener su fasto diplomático y se retira a vivir pobremente en París.

En el poema glosa todos los pinos, no sólo los de la Mallorca (Darío se refiere a ella como “esta bella isla donde escribo, esta Isla de Oro”), sino a todos los pinos. Sin embargo, los de la isla son

los pinos amados de mi corazón.

Es, precisamente, en este poema donde se encuentra su famosa frase, que tantas veces se cita de forma descontextualizada: “¿Quién que Es, no es romántico?”.

 

La canción de los pinos

¡Oh, pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,

yo os amo! Sois dulces, sois buenos, sois graves.

Diríase un árbol que piensa y que siente

mimado de auroras, poetas y aves.

 

Tocó vuestra frente la alada sandalia;

habéis sido mástil, proscenio, curul,

¡oh pinos solares, oh pinos de Italia,

bañados de gracia, de gloria, de azul!

 

Sombríos, sin oro del sol, taciturnos,

en medio de brumas glaciales y en

montañas de ensueños, ¡oh pinos nocturnos,

oh pinos del Norte, sois bellos también!

 

Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,

tendiendo a la dulce caricia del mar,

oh pinos de Nápoles, rodeados de flores,

oh pinos divinos, no os puedo olvidar!

 

Cuando en mis errantes pasos peregrinos

la Isla Dorada me ha dado un rincón

do soñar mis sueños, encontré los pinos,

los pinos amados de mi corazón.

 

Amados por tristes, por blandos, por bellos.

Por su aroma, aroma de una inmensa flor,

por su aire de monjes, sus largos cabellos,

sus savias, ruïdos y nidos de amor.

 

¡Oh pinos antiguos que agitara el viento

de las epopeyas, amados del sol!

¡Oh líricos pinos del Renacimiento,

y de los jardines del suelo español!

 

Los brazos eolios se mueven el paso

del aire violento que forma al pasar

ruidos de pluma, ruidos de raso,

ruidos de agua y espumas de mar.

 

 ¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino,

aquella amargura que aún hoy es dolor!

La luna argentaba lo negro de un pino,

y fui consolado por un ruiseñor.

 

Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico?

Aquel que no sienta ni amor ni dolor,

aquel que no sepa de beso y de cántico,

que se ahorque de un pino: será lo mejor…

 

Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas

confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.

¡Yo soy el amante de ensueños y formas

que viene de lejos y va al porvenir

 

Referencias

 

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Un comentario sobre “Rubén Darío: “La canción de los pinos”

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