José María Íñigo, descansa en paz (con permiso de Uri Geller)

Es cierto: siempre ha habido engañabobos. Creo que eso nadie lo duda.

Muchos de los de la generación del baby boom de los ’60 recordamos que, cuando éramos niños, un día de 1975 apareció en nuestros receptores de televisión un tipo que afirmaba que podía doblar cucharas hasta romperse, todo ello con el solo toque de sus dedos, y gracias a sus poderes paranormales. Quien lo presentaba era José María Íñigo, y el engañabobos era un israelí de 28 años que se llamaba Uri Geller.

La verdad es que recuerdo perfectamente aquellas imágenes, pero no por el impacto, no: porque sólo teníamos una cadena, la cadena perpetua (los había con suerte, que tenían el UHF), y entonces no había muchos  entretenimientos más. Sin embargo, sí recuerdo que Íñigo consiguió que 10 millones de personas le vieran en televisión, y que durante un tiempo no se hablara de otra cosa. ¡Incluso nosotros prácticabamos en casa! Pero nada, no había manera…

Uri Geller llegó a ser mitificado y reverenciado… como muchos otros engañabobos. Así lo llamo, porque una cosa es decir que eres “mago”, y otra afirmar que lo que haces es real: “poderes sobrenaturales”, etc.

Lo que sí hay que contar es que el día siguiente, en unos grandes almacenes de Madrid Uri Geller vendía y firmaba más de 10.000 ejemplares de su libro. No hace falta hacer comentarios, ¿verdad?

Lo que sí hay que contar es que dos años antes, había sido invitado a demostrar sus poderes en uno de los programas más vistos de la televisión estadounidense, Tonight Show, de Johnny Carson. Sin embargo, le habían preparado una sorpresa, que para Geller debió ser muy desagradable. El caso es que sin decirle nada al supuesto “mentalista”, Carson invitó a James Randi, un experto en desmontar a embaucadores y charlatanes (él mismo había sido mago años atrás). Para evitar trampas y engaños, Carson y Randi dieron el cambiazo a las cucharas (trucadas) que Geller había traído. Los “poderes sobrenaturales” no funcionaron. El mismo Geller tuvo que admitirlo tiempo después: “Fallé delante de 40 millones de personas”.

Creo que el mejor homenaje que podemos hacer hoy a José María Íñigo es recordarlo con la maravillosa parodia que hicieron Andreu Buenafuente y Berto en 2010:

 

 

 

 

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