Vicente Aleixandre: “El álamo”

Plaza del Álamo, en Miraflores de la Sierra (Madrid)
Plaza del Álamo, en Miraflores de la Sierra (Madrid)

Álamo… olmo, al fin y al cabo

Vicente Aleixandre, siempre un poeta muy inspirado, dedicó un poema titulado El álamo a un árbol que se encontraba en una plaza del pueblo madrileño de Miraflores de la Sierra. Se da la circunstancia de que al árbol todo el mundo lo llamaba álamo, pero en realidad era un olmo (Ulmus minor). Poco importa, pues la plaza sigue llamándose como popularmente siempre se la ha conocido: Plaza del Álamo.

En tanta estima lo tenía Aleixandre, que en su lecho de muerte pidió que le trajeran unas hojas del árbol. Sus amigos, diligentes, cumplieron su último deseo, llevándole una rama y unas semillas.

El olmo no sobrevivió al poeta por muchos años, ya que Aleixandre murió en 1984, habiendo recibido  el Premio Nobel de Literatura en 1977. El olmo moriría herido de muerte por la grafiosis. Hoy, convertido en escultura de bronce replicando al árbol verdadero, será un permanente recuerdo: al árbol, y al poeta.

 

El Álamo

En el centro del pueblo

quedaba el árbol grande.

Era una plaza mínima,

pero el árbol viejísimo

la desbordaba entera.

Las casas bajas como animales tristes

a su sombra dormían. Creeríase

que a veces levantaban una cabeza, alzasen

una noble mirada y viesen aquel cielo de verdor

que hacía música o sueño.

 

Todo dormía, y vigilante alzaba

su grandeza el gran álamo.

Diez hombres no rodearían su tronco.

¡Con cuánto amor lo abrazarían midiéndolo!

 

Pero el árbol, si fue en su origen (¿quién lo sabría ya?)

una enorme ola de tierra que desde un fondo reventó, y quedose,

hoy es un árbol vivo. Abuelo siempre vivo del pueblo, augusto

por edad y presencia.

 

A su sombra yacen las casas, viven,

se despiertan, se abren: salen los hombres, luchan,

trabajan, vuelven, póstranse. Descansan.

A veces vuelven y allí cobijan su postrer aliento.

Bajo el árbol se acaban.

 

El pueblo está en la escarpa de una sierra.

Arriba Najarra.

Abajo la llanura, como una sed enorme de perderse.

Despeñado, colgante, quedó el pueblo agrupado bajo el árbol.

Quizá contenido por él sobre el abismo.

 

Y sus hombres se asoman

en su materia pobre de siglos

y echan sus verdes ojos, sus miradas azules,

sus dorados reflejos, sus limpios ojos claros y oscurísimos,

ladera abajo, hasta rodar en la llanura insomne

y perderse a lo lejos, hasta el confín sin límites que brilla

y finge un mar, un puro mar sin bordes.

 

El árbol:

un álamo negro, un negrillo, como allí se nombra.

El álamo: “Vamos al álamo.” “Estamos en el álamo” Todo es

álamo.

Y no hay ya más que álamo, que es el único cielo de estos

hombres.

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