La tragedia de Ribadelago, fruta corrupta del franquismo

La noche oscura

Poco después de la medianoche del 9 de enero de 1959, la presa de la Vega de Tera, localizada en la zona de Sanabria (Zamora) reventaba violentamente, y los 8 millones de metros cúbicos de agua que contenía ahogaban de forma inmisericorde a la población del pueblo de Ribadelago (Zamora).

Inaugurada 3 años antes por Paco el Rana (para entendernos: Francisco Franco), era esta la primera vez que se llenaba de agua.

Poco control por parte de nadie, que causó y aún causa infinito dolor a las víctimas y a sus familiares. Demasiado dolor, causado sólo por las manos de quienes quieren beneficio rápido, a toda cosa, sin parar en las consecuencias.

Lo que recuerdan algunos son 14 minutos de horror, en los que el agua y el barro de la presa de Vega de Tera destruyeron un pueblo. Pero, sobre todo, acabaron con 144 vidas y muchas familias al completo.

El agua, el barro, las rocas y los troncos formaron una avalancha de hasta 9 metros de altura,  sumergiendo y silenciando para siempre a Ribadelago. Un pueblo inocente. 144 personas inocentes que dormían plácidamente en sus casas, ajenas a la codicia, a las prácticas poco éticas. Y a la corrupción. Causas, una vez más, de la desgracia de la gente humilde.

Pero la codicia, la falta de ética y la corrupción seguramente tenían nombre. Nombre y apellidos. El régimen de Franco de nuevo se encargó de silenciarlo todo, a pesar de que los primeros en llegar fueron los reporteros de los periódicos, así que algunas fotografías y crónicas no pudieron escapar al férreo control de la dictadura. El NO-DO daba cuenta de la noticia unos días después, con su característico tono paternalista.

Fue muy cruel, sin duda, la forma en que se indemnizaría a las víctimas: tanto por hombre (95.000 pesetas), tanto por mujer (60.000), tanto por niño (25.000). Los vecinos creyeron que se les trataba como ganado.

Crueldad intolerable

Muy cruel, sí: porque, encima de morir, algunos lo recibieron muy tarde. Otros, nunca. Sólo el silencio. El olvido. Nada.

El pueblo de Ribadelago tenía 516 habitantes antes de la tragedia. Ese día, la tercera parte del pueblo murió de forma horrible, ahogada por una enorme avalancha de agua y barro. Y, por si todo esto fuera poco, aún se añadió otra nota cruel: sólo se recuperaron 28 cadáveres, y las autoridades no lograron recuperar los cuerpos de los desaparecidos (muertos) del lago de Sanabria, donde aún reposan.

El escritor Alberto Vázquez Figueroa fue uno de los buceadores de la Marina que se encargaron de rescatar los cadáveres del lago de Sanabria. Él mismo recuerda su experiencia:

Fue allí en Ribadelago, donde tuve mi primer encuentro con la muerte y la tragedia, y pasarían muchos años hasta el terremoto de Perú antes de que volviera a tropezarme con un espectáculo tan espeluznante.

Al fin se pidió la colaboración de submarinistas voluntarios, y allí nos presentamos los viejos compañeros del “Cruz del Sur”; los hermanos Manglano, Padrol, De la Cueva, Ribera… y los del CRIS: Vidal, Admetlla, …

Fue, quizás, una de las más tristes y desagradables experiencias de mi vida sumergirnos en un agua a punto de congelación sin trajes de inmersión apropiados, con una visibilidad nula a causa del barro y los detritos, tanteando acá y allá a la búsqueda de cadáveres que se deshacían al tocarlos.

Por absurdas razones de índole política, el mando de la operación no había ido a parar a manos de Padrol, Admetlla, o Vidal, submarinistas de experiencia, sino a las de un dentista, ex alumno mío del “Cruz del Sur”, donde había obtenido un carnet de tercera clase, que a punto estuvo de aumentar la cuenta de los cadáveres de Ribadelago con algunos de nosotros, a causa de un absoluto desconocimiento de las más elementales reglas de la inmersión.

Al pobre Manolo de la Cueva tuvieron que sacarlo inconsciente y a punto de ahogarse, y todo acabó como suelen acabar estas cosas: marchándose cada cual a su casa, asqueado y resentido.

Fue ése, quizás, el final de mi vida como submarinista en activo, y coincidió, también, con el final de mi vida como estudiante.

¡No fue un accidente!

Pero ¡alto!: de nuevo he de decir que no fue un accidente. Y, por favor: que nadie me diga que fue negligencia. Según el Diccionario de la Academia de la Lengua, negligencia es “descuido, falta de cuidado”. Veamos si hubo negligencia, o fue más bien otra cosa.

Causas de una catástrofe anunciada

La empresa constructora y beneficiaria de la concesión era Hidroeléctrica Moncabril, y sus responsables tuvieron la indecencia de culpar ¡¡¡a un encargado de obra!!! Los directivos y el encargado fueron condenados a 1 año de prisión menor por un delito de “imprudencia temeraria”. Pero ni siquiera cumplieron esa pena, porque tras el recurso judicial, ¡fueron indultados!

Las razones y el recorrido procesal son las que ya he apuntado, similares a las que conté aquí (Ni perdono, ni olvido: Jesús Gil y Gil fue siempre un sinvergüenza). Resulta algo escalofriante ver cuánto paralelismo hay entre ambos casos…

Connivencia, secretismo, intereses, corrupción. Las mismas que, más de 50 años después, doquiera que mires aún siguen enfangando a nuestro país. Pero no pasa nada…

Porque de las causas técnicas de por qué aquella presa reventó —repito: la primera vez que se llenaba de agua— nunca fueron explicadas, aunque muchos han contado que los materiales utilizados en su construcción eran de una calidad conocida como “cercana al material de desecho”. Los propios trabajadores de la presa habían hablado de innumerables “defectos constructivos”, pero estamos en 1959…

Veamos una imagen de cómo construyeron la presa:

Detalle de los materiales de construcción de la presa de Vega de Tera (Zamora).
Detalle de los materiales de construcción de la presa de Vega de Tera (Zamora). Imagen: De Raiden32 – Trabajo propio, GFDL, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7217387.

Informe técnico

Pero sí, claro que hubo un informe técnico que indicaba las causas formales de la rotura de la presa. Veamos algunos fragmentos, que para su cabal entendimiento no necesitan de ningún estudio de ingeniería. Sobre todo, no hay que ser licenciado para comprobar de primera mano lo sinvergüenzas que fueron sus diseñadores y constructores:

“(…) una cimentación muy superficial en los contrafuertes del 19 al 21.”

“(…) Relativamente mal dispuesta y una calidad de roca que es de la peor que hay en el sitio.”

“(…) junta de campaña de mala calidad”

“(…) la superficie resistente en ese nivel de la rotura debía ser tremendamente débil”

“(…) muy probablemente los contrafuertes 22 y 21 no se encontraron bien agarrados en la cimentación.”

Informe de un superviviente

Cuando algún periodista indaga en la historia y pregunta a alguno de sus supervivientes, aparece recurrentemente la negligencia de Hidroeléctrica Moncabril:

“La obra estaba mal hecha desde el principio. Las capas de hormigón no pegaban bien unas con otras y eso lo sabían todos los que trabajaban allí. Se hicieron muchas trampas hasta que se terminó la obra y, claro, al final tuvo que reventar, en cuanto se llenó de agua la primera vez.”

Ha de haber un culpable

La Guardia Civil, diligente, tomó nota de todos los detalles, registrando cada testimonio que recogían. Algunos son tremendamente reveladores:

“(…) los defectos de construcción, toda vez que estas obras, por las inclemencias del tiempo (estación invernal) los trabajos se efectuaron en tres campañas y, por falta de dirección técnica no existía el trabazón necesario entre los materiales empleados de una campaña a otra, como parece lo prueba el producirse la rotura, la presencia de una superficie completamente lisa en la cual era difícil el ligazón de los materiales empleados en las distintas campañas con los consiguientes fallos en la misma.”

“Se comenta insistentemente que el cemento lo tenían almacenado en camiones en un lugar completamente húmedo, y que han sido muchos camiones de cemento los empleados en la misma, cuando éstos, por causas de humedad, estaban completamente inservibles.”

“(…) todos coinciden que la presa se hacía a destajo sin escrúpulos de ninguna clase por parte del personal dirigente de las mismas, la poca capacidad del personal subalterno, muchos de ellos incompetentes para el cargo que desempeñaban, a los que se ha tachado de inmoralidad, ya que vivían en un nivel de vida muy superior a los sueldos que disfrutaban.”

“(…) los guardas encargados de la custodia han manifestado no haberse enterado de la rotura de la presa, hasta las siete horas de la mañana, lo cual no es admisible, toda vez que el primer ruido ensordecedor que se escuchó en el pueblo de Ribadelago fue el producido por la rotura, lo que prueba que los guardas no se encontraban en dicha presa, ya que de haber estado prestando la vigilancia encomendada se habrían dado cuenta en el momento de ocurrir ésta.”

“(…) gracias al Lago de Sanabria, que actuó como moderador, se ha evitado una catástrofe sin precedentes en los pueblos de Galende, Mercado del Puente y Puebla de Sanabria».

“(…) desde que dio comienzo la construcción de la presa se trató de buscar el firme del terreno sobre el cual había de descansar ésta, pero como este trabajo representaba un retraso enorme y se pretendía terminar la obra lo antes posible, no se buscó el firme en toda su longitud, y precisamente donde sufrió la rotura se encuentra a escasa profundidad.”

“(…) por no haber empleado el cemento necesario aparecieron fugas de agua subterránea capaces de admitir millares de sacos de cemento.”

“(…) la negligencia y la falta de vigilancia reseñadas, unidas al sistema de destajos que se emplearon durante la construcción de la presa siniestrada, sólo dio lugar a cobrar elevadas primas por parte de todos, lo que parece ser también redundó en perjuicio de la sólida construcción de la presa.”       

«(…) tal vez, pro tales circunstancias, entre los propios de la empresa existía el temor de que algún día pudiera producirse su rotura, temor que era principalmente sentido por los que vivían en el poblado, construido junto a la central de Ribadelago, por el peligro que corrían dado su emplazamiento, si la rotura llegaba algún día a producirse.

Buscando una cabeza de turco

Tan sinvergüenzas fueron los responsables de la Hidroeléctrica Moncabril, que llegaron a propagar la noticia de que se había producido un seísmo

“unas doce horas antes de la catástrofe”

Sin embargo, la Guardia Civil —fiel amanuense de la tragedia de Ribadelago— toma también nota del informe recabado del Instituto Geográfico, que confirma que la zona de Sanabria

“es de las de menor sismicidad de la península.”

Agrandando la herida

Aún habría que sumar otro escarnio a la ya larga lista de agravios a las víctimas y los vecinos de Ribadelago. Cuando, tres años después, el régimen construyó un pueblo para sustituir al arruinado por la presa, no se les ocurrió otro nombre que Ribadelago de Franco. Afortunadamente, tras el fin de la dictadura, se renombró a Ribadelago Nuevo.

Portada de la iglesia del antiguo Ribadelago, trasladada hasta Ribadelago Nuevo tras la catástrofe del 9 de enero de 1959.
Portada de la iglesia del antiguo Ribadelago, trasladada hasta Ribadelago Nuevo tras la catástrofe del 9 de enero de 1959.

Si pensabas que su sufrimiento y dolor acababa aquí, he de decirte que, años después de la reubicación de los vecinos cuyas viviendas habían sido arrasadas, el Estado les reclamaba la deuda de la casa que se les había entregado en Ribadelago Nuevo, pues el Estado no corrió con todos los gastos, imputándole parte de ellos a los vecinos. Sin palabras.

Algunas pistas

  • Hidroeléctrica Moncabril, fundada en 1946, tuvo como primer presidente a Javier Martín-Artajo, hermano del ministro de Asuntos Exteriores entre 1945 y 1957, Alberto Martín-Artajo Álvarez.
  • Algunos viejos del lugar, a la empresa Moncabril la llamaban Moncabrón.

 

Dedicatoria

Sirvan estas líneas como un personal aunque sentido homenaje a cuantas víctimas de la codicia, la falta de ética y la corrupción sucumbieron aquella noche triste de 1959 en Ribadelago.

Referencias

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