Efemérides·Historia

La Carta de las Naciones Unidas y el brusco fin de la ilusión universal

Los delegados asistentes a la Conferencia de las Naciones Unidas adoptan de forma unánime la Carta de las Naciones Unidas, el 26 de junio de 1945. Imagen: AP
Los delegados asistentes a la Conferencia de las Naciones Unidas adoptan de forma unánime la Carta de las Naciones Unidas, el 26 de junio de 1945. Imagen: AP

Tal día como hoy de 1945, en la ciudad californiana de San Francisco (no su capital, por mucho que algunos lo crean…) se firmaba un documento absolutamente histórico, que se acabaría convirtiendo en el tratado internacional en que se fundamentará la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que es también su propio estatuto o constitución interna. El acto formaba parte de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional, por 50 de los 51 miembros originales con representación (Polonia lo firmaría más tarde).

Se trataba de la Carta de las Naciones Unidas. Sus países firmantes fueron: Argentina, Arabia Saudita, Australia, Bielorrusia, Bolivia, Brasil, Bélgica, Canadá, Checoslovaquia, Chile, Colombia Colombia, Costa Rica Costa Rica, Cuba Cuba, Dinamarca Dinamarca, Ecuador, Egipto, El Salvador, Estados Unidos, Etiopía, Filipinas, Francia, Grecia, Guatemala, Haití, Honduras, India, Irak, Irán, Liberia, Luxemburgo, Líbano, México, Nicaragua, Noruega, Nueva Zelanda, Panamá, Paraguay, Países Bajos, Perú Perú, Reino Unido, República Dominicana, Siria, Sudáfrica, Taiwán, Turquía, Ucrania, Unión Soviética, Uruguay, Venezuela, y Yugoslavia.

El contexto en que se acordaba la firma del documento era claramente deudor del momento histórico que se estaba viviendo, ya que aún no se había dado por finalizada la Segunda Guerra Mundial. Por eso uno de sus fines era “intentar evitar que la guerra afecte a las nuevas generaciones“, debiendo entenderse que, realmente, se hacía referencia no sólo la Segunda Guerra Mundial, si no a “las guerras”, la guerra como acto que irremediablemente acaba socavando la sociedad.

En este sentido, seguramente su precedente más directo era la Carta del Atlántico, firmada por Estados Unidos y el Reino Unido unos años antes, el 14 de agosto de 1941. En su punto 8 ya se expone lo que sería el eje fundamental, también, de la futura ONU:

(…) todas las naciones del mundo, tanto por razones de orden práctico como de carácter espiritual, deben renunciar totalmente al uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras, consideran que, en espera de poder establecer un sistema de seguridad general, amplio y permanente, el desarme de tales naciones es esencial. Igualmente ayudarán y fomentarán todo tipo de medidas prácticas que alivien el pesado fardo de los armamentos que abruma a los pueblos pacíficos.

Con el establecimiento de los fines promulgados en la Carta de la Naciones Unidas, se pretendía promover un estado de paz y seguridad en el mundo, y para ello también había que asegurarlo mediante una serie de medidas encaminadas a que ello se convierta y sea una condición permanente. De ahí que uno de sus fines fuera “crear condiciones para mantener el respeto a la Justicia y los tratados internacionales” y el principal, “la declaración y la defensa de los derechos fundamentales del hombre“.

El objetivo último es “promover el progreso de las sociedades y elevar su nivel de vida“, que obviamente ha de estar necesariamente condicionado a todo lo dicho.

En el acto de clausura de la Conferencia, el entonces presidente norteamericano, Harry S. Truman, pronunció un discuro en el que se pudo escuchar:

La Carta de las Naciones Unidas que acaban de firmar es una base sólida sobre la cual podremos crear un mundo mejor. La historia los honrará por ello. Entre la victoria en Europa y la victoria final, en la más destructora de todas las guerras, han ganado una batalla contra la guerra misma. (…) Gracias a esta Carta, el mundo puede empezar a vislumbrar el día en que todos los hombres dignos podrán vivir libre y decorosamente.

Estas hermosas palabras parecían propiciar un “nuevo amanecer” para la Humanidad. Sin embargo, sólo unas semanas más tarde, el mismo Harry S. Truman ordenaba lanzar dos bombas atómicas sobre la población civil, en las ciudades japonesas de Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki (9 de agosto), respectivamente.

Definitivamente, algo había muerto para la Humanidad. También, y con tristeza, hubo de asumirse que una nueva era había comenzado.

 

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