Educación·Formación·Varios

Efecto Pigmalión, motivación y profecías autocumplidas

A Arantxa, Juan Luis, Liliana, y Pepe.

Educación y creatividad

Hoy quiero hablar de una cuestión —y de ello estoy seguro— que más de una vez habrás sufrido en primera persona. Es posible que no lo recuerdes con viveza, pero si tratas de hurgar en tu pasado, quizá te llevaras una sorpresa, y aumentaría tu cuota de empatía con tu hijo, tu alumno, tu compañero o tu amigo…

Estoy hablando de la desmotivación provocada por otras personas, y en este saco caben muchos personajes, pero sus protagonistas son sin duda algunos padres, y algunos profesores.

Supongo que sabrás lo que es una profecía autocumplida. Otros quizá la llaman profecía autorrealizada (los más cultos y los estrictos: Efecto Pigmalión) pero al fin y al cabo la denominación poco nos importa. Hablando en román paladino, lo cierto es que podemos traducirlo fácilmente: significa que alguien, siempre revestido de mayor autoridad, insiste en que lo que no debería pasar, acabará sucediendo de forma irremediable. Finalmente, esto acaba provocando el definitivo abandono del esfuerzo personal, que siempre, cueste lo que cuesta, hay que fomentar. Invariablemente y sin descanso. Y más aún, si eres tú “la autoridad”.

Como ya habrás supuesto, estoy hablando de la enseñanza y de la educación. No obstante, las profecías autocumplidas se pueden dar en cualquier ámbito de nuestra vida (de hecho, se dan): ¿a quién no le suenan frases como “Total, voy a suspender…”, “No tengo la experiencia suficiente…”, o “No me van a recibir…”, “¿Para qué insistir?: ¡me va a decir que no!”?

Soy de los que pienso —y de ello estoy tan convencido, que a Roma me iría a defenderlo con denuedo— que si una persona tiene un interés en algo concreto, una inquietud, un deseo de aprender algo nuevo, y está en tus manos o eres tú quien tiene la posibilidad de impulsar, favorecer, fomentar o ayudar a su desarrollo, nunca debes caer en la tentación de ir en dirección contraria. Tu apoyo decidido es fundamental.

Es más. Estoy absolutamente convencido de que como cada persona siempre es un hijo, siempre es un aprendiz, siempre es alguien interesado en algo, se vería motivada en grado sumo si tú mismo empatizaras con ella. Y ya no sólo apoyándola en lo que ve sólo como interés o motivación: a menudo, el interés no nace: se hace.

Alumnas en una escuela de Bamozai, cerca de Gardez, en la provincia de Paktya (Afganistán). La escuela no está dentro de un edificio; las clases se imparten al aire libre. Fuente: Wikipedia.

Ahora sabemos mucho más, y desde nuestra posición de hijos del siglo XXI deberíamos sentirnos impelidos a transmitirle que muchas veces ni siquiera es consciente de que precisamente lo que estamos rechazando podría ser la vocación de su vida.

No sólo eso. Voy más allá. Yo propongo que si tú eres quien se encarga de educar o enseñar a alguien (¿tendré que recordar el origen de la palabra educación?) deberías apasionarte por lo mismo que él, no sólo hasta donde sea posible: ¡hasta el infinito, y más allá!. ¿Que no sabes cómo hacerlo? Es muy fácil: fíjate en una madre

Por cierto: no todas las profecías autocumplidas han de ser negativas. Al contrario: lo que yo pretendo es que, al iniciarse de forma positiva mediante el apoyo a las inquietudes e intereses de la persona, su efecto sea positivo, aún más beneficioso, en una escala que tendríamos que desear gozosamente logarítmica.

En el Greenbrier resort, en White Sulphur Springs, Virginia (Estados Unidos), los niños participaron en el día del aprendizaje y probaron 5 trabajos diferentes, lo que incluía: gastronomía (cocina y pastelería), ingeniería, hospitalidad, gestión, deportes y ocio. Fuente: Wikipedia.

Para ilustrar mis torpes palabras, quiero traer aquí una conocida anécdota que en alguna ocasión contó Ernest Rutherford, que a los conceptos de que hablo le vienen como anillo al dedo.

Por si nunca habías oído hablar de él, recordemos juntos que Rutherford era un genio científico, nacido en Nueva Zelanda, que entre otros muchos otros trabajos e investigaciones descubrió que la radiactividad desintegraba los elementos químicos, lo que le valió la concesión del Premio Nobel de Química en 1908. Fue la primera persona en conseguir una transmutación artificial, que la Humanidad perseguía ansiosamente desde la Edad Media, tan propensa a la alquimia. Sus cenizas reposan en la abadía de Westminster, junto a las tumbas de Newton y lord Kelvin.

Veamos directamente sus palabras, que no pueden ser más elocuentes:

“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de Física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

Leí la pregunta del examen y decía: ‘Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio’.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente.

Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en Física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta, esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de Física.

Habían pasado cinco minutos, y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: ‘Tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la formula altura = 0.5 x aceleración x tiempo^2. Y así obtenemos la altura del edificio’.

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. ‘Bueno’, respondió, ‘hay muchas maneras. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio’.

‘Perfecto’, le dije, ‘¿y de otra manera?’. ‘Sí’, contestó. ‘Éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho, y ya tienes la altura’.

‘Éste es un método muy directo’, prosiguió. ‘Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero, y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio’.

Y siguió diciendo: ‘En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión’.

‘En fin’, concluyó, ‘existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo’.

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.”

El ingenioso estudiante al que el primer profesor quería poner un cero, era el danés Niels Bohr, que luego fue físico, el primero en proponer el modelo atómico, con protones, neutrones y electrones. Pionero e innovador en la física cuántica, siempre he pensado que es la antítesis a los que a la hora de resolver problemas utilizan invariablemente la navaja de Ockham (“En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”). ¿Otro ejemplo?: las palabras que él utilizaba a menudo al iniciar sus seminarios:

Toda frase que yo emita habrá de ser considerada por ustedes no como una aseveración, sino como una pregunta.

¡Ah!: que no se me olvide recordar que el profesor que le quería suspender ni sabemos cómo se llamaba. Eso sí, Niels Bohr recibió el Premio Nobel de Física en 1922.

 

Anuncios

3 comentarios sobre “Efecto Pigmalión, motivación y profecías autocumplidas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s